La obra de Manolo Dimas (Caracas, 1959) desde el comienzo de su carrera a finales de los años ochenta, a mantenido unas coordenadas que se podrían rastrear por encima de sus cambios y evoluciones. La magia cotidiana “fauve” apareció desde los primeros dibujos que presentó en la Galería Grupo 15 y está siempre presente en sus trabajos.
Existe un hilo conductor de cierto “naturalismo” que mediante un guiño se convierte en cien cosas diferentes. Francisco Calvo Serraller en la Enciclopedia del Arte Español del siglo XX define su obra como “figuración expresionista de temática popular, cargada con cierto ingenuismo y agresividad en la ejecución de color”.
Desde el año 1977 hasta el 2001 expuso con la Galería Moriarty de Madrid, tanto individualmente (1987, 1990, 1993, 1996) como participando en colectivas y ferias internacionales como Art LA en Los Ángeles, EE.UU. 1989, Arco desde 1994 hasta el año 2001.
Con la galería Sen, con la que actualmente expone en Madrid, ha participado en la Feria de Grabado de Estampa desde el año 1993 hasta el año 2001.
Actualmente vive en Galicia donde es profesor de la Facultad de Bellas Artes de Pontevedra. En esta misma ciudad se han visto trabajos suyos en la Galería Anexo y en el Pazo de Cultura.
En el año 2002 hace el cartel de San Isidro de Madrid.
Su obra está representada en el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, Museo de la Villa de Madrid, Colección La Caixa –Colecció Testimoni-, Consejo Nacional de Deportes, Instituto de Cooperación Iberoamericana, Fundación Rudolf Steiner, Colección Milles Davis y Colección Agencia A.¿Por qué todo lo anterior? Simplemente para ubicar el paisaje de acontecimientos de la pintura de Manolo Dimas, un artista madrileño que actualmente es profesor en la Facultad de Bellas Artes de Pontevedra y que empezó a despegar con fuerza en el frenesí pictórico de los primeros ochenta en la atmósfera de la movida neofauve y próxima al culto de las imágenes arrancadas de las barricadas urbanas. Desde entonces su proyecto se ha ido reforzando en la fidelidad de sus presentimientos, en la firmeza de unos conceptos que maduraron y se hicieron sólidos en la travesía peligrosa de una España coyuntural que, de pronto, pasó de la pintura a los objetos con el oportunismo de muchos de sus protagonistas. Ser fiel implicaba para este artista, uno de los más creíbles de aquéllos que han salido del clima español de los ochenta, explorar las variables de una pintura que debía afrontar los retos de un universo no pictórico y surtir de nuevas posiciones a su mirada escrutadora y conceptualmente inquisitiva. Porque para Manolo Dimas la pintura es un modo de enfrentarse a la vida, de contar su circunstancia, de narrar una historia vivida en primera persona, de bajar a las cavernas del día a día para relatar situaciones desde un yo emulsivo que instrumentaliza las imágenes como conceptos impregnados de ironía crítica, humor socarrón, evocando los mejores presagios –curtioso- de un Duchamp que no creía en lo retinal, pero sí en el papel voyeurista del espectador, mirón transgresor que ejercía la afirmación y la negación en la realidad metairónica.
Pero Dimas dulcifica la metaironía duchampiana y la ubica en el territorio del juego dionisíaco y de la alegría del Matisse más mediterráneo, en la luz crepuscular y en los sentimientos cálidos, en el cromatismo arrebatador y en los desnudos clásicos con el aroma del Picasso atemperado por la paternidad en Fontainebleau, en el fulgor horaciano de un carpe diem que se rastrea en el selvático barroquismo con que aprecia la vida, fruto de un optimismo pictórico que revisita las tardías bañistas del Cezanne que amaba a Fidias o del Vlaminck que arrancaba destellos rojos y amarillos a los árboles y al sol.
Explorar el paisaje de la vida más sencilla es adentrarse en las pequeñas historias que el artista narra rindiendo un homenaje a la pintura, sin los prejuicios dogmáticos de sentirse alejado de los usos impuestos, cuando vuelve a reivindicar el placer de aquélla y a echar mano de Rothko, de Poussin o del citado Matisse, para sentarlos en la misma mesa: abstracción fragmentada de gestos chorreosos y figuración -que eleva el dibujo a su situación más sutil y exquisita, a la levedad oculta de sus perfiles- se funden en un lúcido debate de ritmos eclécticos para reclamar –¿por qué no?- esa belleza que hace años pretende ganar un crítico tan poco dudoso, como Dave Hickey en su Dragón invisible. Es decir, conciliar, al fin, el significante formalista del gusto greenbergiano con el significado que nos liga a la vida para describir palmeras, jardines y paisajes, el olor del mar o el interior de escenografías íntimas, desnudar el cuerpo y el alma para refrendar el frenesí que todo lo envuelve en la rima cromática que un día inventaran, rindiendo culto a la libertad, los clásicos fauves del Salón de Otoño de 1905.
En cualquier caso, Dimas se acerca a un marco internacional de renovación de la pintura en el contexto de su tradición, más allá de las nuevas tecnologías y del objeto, que, en la pasada década, fundía la imagen pop y la estructura abstracta, una posición que defendieron críticos como Saúl Ostrow o Munro Galloway, a partir de los trabajos de Mathew Wenstein, David Craven, Christian Schumann o Jim Shaw, entre otros. El primero hacía énfasis en el juego coexistente pop/abstracción -algo evidente en Manolo Dimas- como un medio de representar metafóricamente la estructura compleja de una realidad heterogénea en plena mutación (2), mientras que Galloway, a partir de exposiciones de cierto impacto en su momento, como Hand-Painted Pop (Pop pintada a mano) (3), habla de una evidente relectura, sublimadora de la adolescencia y de una particular nostalgia cultural, que intuía mejor que en cualquier modelo en Jim Shaw, hasta atreverse a definir los noventa pictóricamente: “si el pop fue la conciencia de la cultura popular, se puede decir que la cultura popular es el inconsciente de los herederos del pop en la actualidad” (4) .
Más allá de esta conciencia de lo inconsciente y en su capacidad de enfrentarse a los acontecimientos y, ante todo, a los prejuicios sobre el nuevo papel de las imágenes y del color sobre un simple lienzo o un papel en la pintura actual, el trabajo de Manolo Dimas constituye un toque de atención a las infinitas posibilidades de sentirse a gusto, asumiendo la condición de pintor sin abandonar los mecanismos de la tradición y rebelarse, tal vez -sorprendiéndose en cada relato, porque en su universo personal las preguntas todavía tienen más peso que las respuestas- contra la asfixiante academia del objeto. No en vano el último Antonio Saura llegó a decir que estábamos asistiendo a un nuevo academicismo de los lenguajes artísticos, donde lo más revolucionario podría ser pintar sobre un lienzo (5).
X. Antón Castro Es el principio de año, el deporte y la música nos despiertan acompañándonos, mientras comienza a oler a cordero y abrimos un buen rioja, ¡que esto de esquiar al ritmo de vals da mucha hambre!.
MANOLO DIMAS
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