CARLA BEDINI   ·   obras  ·   textos  ·  cv


Carla Bedini
Antón Castro

Recuperar la intimidad como refracción de la propia soledad o como espejo de la soledad del mundo nos aproxima a uno de los retratos del arte actual que se superpone conceptualmente al debate de los lenguajes y de los soportes, un debate pesado y absurdo que no logra superar, en los círculos más snobs, la idea extinta de los géneros, desde hace tantos años diluida en los límites de la estética contemporánea más reciente. Y en estos límites el mismo contexto ha dejado un espacio preciso para seguir hablando de cuatro pilares básicos a los que alude mi admirado Demetrio Paparoni, como son la belleza –rescatada ya por Dave Hickey a principio de los noventa en un controvertido ensayo, para explicar lo actual-, la aspiración a lo sublime, la pérdida de la inocencia y el rescate de lo moral, aspectos con los que muchos artistas no sólo vehiculan su mundo interior, sino protegen su intimidad, confrontándose a lo trascendente e incluso al tema de la muerte. Y me resulta difícil substraerme a ello cuando afronto la obra de Carla Bedini, artista que refuerza, en su pintura – tan sorprendente por su realismo de corte gótico y mágico, a lo Roh, como por su conceptualización singular a la hora de reflexionar sobre el pasado- una atmósfera inquietante y wildeana, tal vez haciendo explícitos sus deseos de incidir en aquella melancolía operativa de los personajes femeninos de uno de los pintores más torturados del prevanguardismo histórico: Munch. La huella melancólica provocaba la trascendencia del tiempo como protagonista y extensión del artista y elevaba  la soledad al papel protagónico que nunca tuvo. Una poética que Carla Bedini recrea magistralmente en sus inhabitadas arquitecturas tenebristas, donde la luz azota o reaviva el mundo de las sombras y su  fría geometría, pero especialmente cuando se acerca a las solitarias figuras de sus retratadas, casi siempre niñas o adolescentes, cuyos ojos –Eyes fue el título de una de sus exposiciones- taladran o desnudan el alma del espectador que trata de sostener la mirada en el cuadro. Por ello sus retratos son más que eso; son una historia de historias que fijan la imagen del tiempo y congelan, con una gran referencialidad cinematográfica, la tensión y el enigma de las escenas que nos intrigan y encogen el corazón en un continuo suspense. Pero sus niñas y adolescentes se mueven en un espacio simbólico y críptico, no sabemos de  dónde vienen ni si son de aquí o del más allá, aunque su inquietud refuerza en nosotros una iconografía muy real -casi fotográfica- en los confines ambiguos de un escenario donde confluyen la realidad y la ficción tanto como una evidente suspensión de la aludida temporalidad.


En este sentido la obra de la artista italiana indaga en uno de los aspectos sinuosos de la estética contemporánea que rastrea en el pasado la hermenéutica de algunas de las preocupaciones más actuales, algo que define una buena parte del trabajo de otros pintores o fotógrafos –y pienso en casos como John Currin, Gregory Crewdson, Jenny Saville, Sharon Lockhart, por ejemplo-, que ilustran que lo pictórico y la inteligencia de determinados retornos a conceptos inacabados pueden sorprender y alentar siempre nuevas situaciones inéditas. Y ello se hace para seguir hablando, como lo hace la Bedini, de una espiritualidad íntima, de la trascendencia de la belleza que inquietó con sus mujeres fatales a los premodernistas o a los amantes de la Salomé de Wilde, para percibir las huellas de la soledad y pensar que la inocencia ya no es posible en el mundo que nos ha tocado vivir y más allá de la idea de la muerte, un concepto tan estético como presente en tantos artistas actuales. Sus personajes jamás esbozan una sonrisa, son fríos y distantes e inalterables al calor humano, fetiches de un amor onanista que comparten con la soledad inquietante que los acoge, retratos siempre explícitos de la vida que la artista intuye detrás de aquellas féminas aparentemente inocentes, pero retratos, al fin, de la vida más real, la que ella, en términos pictóricos, quiere mostrarnos desde el lado más oscuro y silente del ser humano. Y en ello está la grandeza de su pintura, cuando es capaz de recrear conceptualmente el pasado o los pasados y ofrecérnoslos lingüísticamente en estado puro, con los instrumentos más sencillos de una realidad que, en cierta medida, logra reinventar para hablarnos del mundo que nos ha tocado vivir.  


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