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Adrián Hiebra
SALUSTIANO
Esta ecuación hace un ruido parecido al de la lluvia
La plástica actual asiste a la constante emergencia de propuestas cuyo cripticismo requiere de textos críticos que destejan intrincadas redes de referencias meta-artísticas. Instaladas en la transgresión formal -tal vez sólo aparente, pero ésa es otra historia-, son muchas las voces que enuncian discursos rupturistas o, en su defecto, alejados o enfrentados con la tradición. En cierto modo, se trata de la reivindicación de la supuesta autonomía de la práctica artística contemporánea, en un sentido amplio, y de la capacidad de ésta para construir nuevos universos formales y conceptuales que trasciendan la noción clásica de la creación.
Más allá de la verdad que pueda sustentar tal actitud, no deja de resultar paradójico que una creación fundada sobre la base -teórica- de la permeabilidad, la interdisciplinariedad y la más absoluta libertad formal, trate de ocultar, tan frecuentemente, su vinculación con la tradición.
En este contexto artístico tautológico y autorreferencial, que prácticamente ha proscrito -entre otras- las formas y maneras clásicas -enemigas, según parece, de su endogámica cerrazón- el trabajo de Salustiano constituye una genuina excepción, pues sólo puede ser entendido desde la diafanidad de su inherente inmediatez y la serenidad canónica de sus formas, rasgos que de ninguna manera implican simplicidad o carestía conceptual.
No se trata, en modo alguno, de algo casual. Podemos apreciar cómo la dinámica evolutiva de la práctica artística ha derivado en múltiples micro y macro metalenguajes altamente codificados, que relegan a un segundo plano la tradición cultural y, en lo que a explicitud formal concierne, los objetos de sus reflexiones. La propuesta de Salustiano se configura como una forma de alcanzar idéntico nivel de autorreflexión o comunicación -fundamentalmente emocional- sin necesidad de tales estructuras hipercodificadas: mientras otros destruyen las referencias figurativas, el dibujo como sustento pictórico, la pintura misma, la presencia humana y la obra como entidad susceptible de ser acotada espaciotemporalmente, Salustiano opta por autoimponerse lo que podrían parecer limitaciones anacrónicas, a saber: un dibujo preciso, el retrato como género, personajes y escenas reconocibles y/o asimilables... Si otros se valen, en suma, de formas genéricas y universales para afirmar la pluralidad de sensibilidades y percepciones, Salustiano aboga por emplear figuras particulares que susciten emociones comunes. En otras palabras: la vieja dualidad entre los métodos deductivo e inductivo aplicada a la esfera artística.
Para comprender este hecho, basta con enfrentarse a cualquiera de sus lienzos. El hombre. Y nada más, el único tema. Su modo de entenderlo, esto es, de representarlo, delata una inequívoca filiación humanista. Si Valle-Inclán observaba a los personajes “desde arriba”, hasta el punto de convertir a los dioses en “personajes de sainete” , Salustiano los ensalza y entroniza, deificando una heterogénea selección de rostros anónimos, cuyas circunstancias no son sino un pretexto para reflejar el fructífero encuentro entre la divinidad y el hombre: la belleza. De ahí su predilección por los formatos circulares, indisolublemente ligados a la divinidad; de ahí los rostros idealizados, y esa expresión de inaccesibilidad perpetua ante la que únicamente podemos arrodillarnos. El espacio al que pertenecen, esa inefable monocromía etérea, es incognoscible; el tiempo en que habitan, inaprensible. No observamos un instante de un proceso; la acción que creemos reconocer no tendrá continuación, es, tan solo, la concreción de un sentimiento, o mejor dicho, la exaltación de una emoción. Ninguna de las figuras que observamos aspira al movimiento, más bien parecen exigir la eternidad, esa suerte de inmutable perfección. Si hay en estas obras, parafraseando a Cartier-Bresson, un instante decisivo, sin duda se encuentra en el contacto de la mirada del espectador con la del personaje, en la consumación del maridaje entre la racionalidad, la pulcritud extrema de la técnica, y la emoción, el sentimiento desbordado y desbordante que en cada uno de nosotros suscita cada composición.
No importa si somos capaces de reconocer las particularidades de cada representación. Cuantos más datos poseemos sobre los personajes, más nos alejamos de ellos. Porque somos nosotros los verdaderos retratados, a través de nuestras emociones, y quienes penetramos y poseemos la divinidad que Salustiano exalta. ¿No es acaso la divinidad la mayor de nuestras proyecciones, el universal por excelencia? ¿No es, acaso, el origen de la percepción estética, la consecuencia primigenia de la conmoción que en nosotros provoca la belleza? No podemos sino reencontrarnos con las deliciosas páginas que Thomas Mann dedicaba al banquete platónico en La muerte en Venecia, inmejorable contexto para rememorar la idea de que es en el amante –y no en el amado- donde late la divinidad. La cultura clásica y su esplendoroso renacer no se citan aquí a modo de anécdota, sino que articulan una propuesta coherente y mesurada, que enriquece su indudable contemporaneidad a través de sus gloriosos precedentes.
Un canto humanista; una escena atemporal; un fragmento que nos habla de lo universal a través de nuestra exigua singularidad. Definitivamente, la pulsión irracional y la contención racional en un único plano: el hombre, encarnación de la ecuación que Salustiano plantea. Y nada más, el único tema.
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Margot Molina
SALUSTIANO
El deber me retiene en esta isla
La obra de Salustiano (Villaverde del Río, Sevilla, 1965) forma parte de la corriente actual que contribuye a la renovación de la representación naturalista de la figura, sirviendo de estímulo a la complejidad de la propia creación artística. Y lo hace, como cualquier otra expresión, asumiendo su condición de bisagra entre lo ya visto y lo nunca visto, en la medida en que toda creación debe contener la potencia de lo desconocido. Pero como toda creación convincente, debe demostrarlo, aunque sea infinitesimalmente, lo que no es poco dada la vastedad del tiempo, la historia y la genialidad artísticas. En este sentido, Salustiano, que participa de la gran tradición española de la pintura figurativa, y en concreto de la Sevillana, supera sin dudarlo toda tentativa externa que quiera fijar su creación al mero realismo. Igualmente, desdeña cualquier lectura posmoderna de su obra como si se tratara de una ironía del clasicismo, al que no renuncia, o por lo menos a algunos de sus valores irreductibles, uno de los cuales, dicho con sus propias palabras, convincentes e irónicas, “es que un cuadro es un cuadro, no nuestro diván de psiquiatría”. Esta breve y precisa acotación da una clave del hacer y el pensar del pintor andaluz, fundamentados en una disciplina por la que placer y dolor se dan la mano; una disciplina que convierte la superficie pictórica en el espacio de una creación lenta, metódica y depurada que le lleva a armarse de paciencia y le sume en una profunda tensión, obligándole al desarrollo de una técnica extraordinariamente exigente, puesto que es consciente de que lo que va a representar tiene muy difícil corrección. La consecuencia de una imagen hecha de una pieza, compacta, que sugiere que detrás ha habido, hablando en términos analógicos, un proceso alquímico puro. Tal imagen debería llevar al observador de estos cuadros a tener una doble experiencia, estética y espiritual, de primer orden, justamente porque ambas son inseparables y su relación íntima y profunda. De hecho, su semejanza es gemela: la pincelada minuciosa, el dibujo exquisito, el paciente tratamiento del color –y esa capacidad suya para enfriarlo-, los cientos de veladuras tienen su equivalencia en unas presencias que irradian quietud y beatitud, sostenidas en la dureza del o calmo, y que componen una escena de profunda ascesis que acaso sirva para poner en comunicación, de nuevo, al hombre, no sabemos si con algún dios desconocido, pero sí consigo mismo. Salustiano, en fin, logra con absoluta solvencia reconstruir con su refinamiento pictórico una hermosa poética del ensimismamiento, la meditación y la plenitud.
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