Con frecuencia me encuentro, inútilmente, intentando pensar en cómo hubiesen sido mis recuerdos con la ausencia de esos exactos momentos descompuestos en frases de tiza y fragmentos de tiempo…, como sería mi corta historia con la ausencia de tus cicatrices. Y me sorprendo negando la posibilidad de que estas heridas me abandonen también. Siendo incapaz de dejarlas desaparecer contigo sin ser echadas de menos, incitándome irresistiblemente a revivirlas con cada una de las palabras que ocupan esas paredes inestables que esperan ser pronunciadas antes del derrumbe.
Así que cada búsqueda en la memoria supone un nuevo encuentro con nuestros recuerdos, y es a partir de esos momentos cuando sigo con la elaboración casi inconsciente de nuestro vocabulario. Un vocabulario que nace de la recopilación de acciones, sensaciones y conversaciones que compartimos… de la suma de todos los componentes de mi experiencia sentimental: unos cuantos de mis deseos, todas mis frustraciones, esa rabia que me produces y el dolor que me dejas. Todo un cúmulo de vivencias que después de una particular selección, se acumulan en grupos de palabras que incapaces de abandonar el presente, lo intentan haciéndose visibles a través de imágenes y frases.
Se trata de un acto de desahogo emocional que se mueve entre la inocencia y la culpa de no saber por qué te fuiste; de una reconstrucción frenética de los hechos, que desde tu ausencia se magnifican y se desligan cada vez más de lo que realmente sucedió, para formar parte de un recuerdo reinventado a la medida de mis necesidades.
Una obsesión por mostrar algo que en realidad quiero ocultar. Es como si por medio de la confesión, el secreto diese un paso más hacia el olvido, como si por el hecho de compartirlo fuese menos mío y más de otro. Las frases y dibujos que aparecen en escena no son más que un intento desesperado de confidencia, de complicidad con el espectador. Como si pretendiesen conseguir un fugaz alivio al oírse pronunciadas por otra boca o al ser vistos por otros ojos… Sólo propongo al lector un diálogo tan cercano como el monólogo…
Memoria de lo vivido
Un contratiempo
Cada relación tiene una duración en el tiempo y uno o varios lugares donde suceder. Cada engaño ocupa una fracción de tiempo y un espacio en el que ocurrir… Cada mentira dura lo que le otorga quien la cuenta y transcurre en el espacio que se le inventa…
Para vivir algo hace falta tiempo, pero también para recordarlo y hablar de lo vivido se necesita un tiempo.
Cuando se acota el tiempo se retienen los recuerdos de forma más nítida, el tiempo para la memoria supone un grado más de verosimilitud para aquello que se recuerda.
Cada pieza se convierte en una unidad de medida. Corto y uno fragmentos para narrar mi historia, que no es más que el resultado de la acumulación de esos pedazos y de la inversión de mi propio tiempo en asimilar y organizar todos los sucesos. Es una constante búsqueda de mi misma a través de ellos y Ellos.
Esta pequeña colección de fechas y horas permite que mi felicidad y mi dolor se puedan descomponer en horas, minutos y segundos, y ubicar en un espacio concreto, creo que con la intención de encajar cada hecho en el lugar que le corresponde, el pasado, ya que a menudo los recuerdos tienden a volver desligados del suceso real y a perseguirme deformados en fantasías y pesadillas construidas a partir de lo vivido.
Paisajes desolados
Escenarios reales
Un encuentro, una conversación o un movimiento vivido se inscribe en un espacio determinado. Pero las paredes y los objetos que presenciaron esas escenas y conocieron nuestra historia, tampoco se han quedado a mi lado. De ahí esa búsqueda desenfrenada por encontrar sus réplicas en esos paisajes desolados, en esos escenarios de acción y pasión, vacíos por nuestra ausencia, pero cargados de la misma intimidad y secretos que nos rodeó. Lugares anónimos cuyo vínculo emocional se debe al mismo abandono que compartimos y sufrimos.
Sus paredes desgastadas y descuidadas por el devenir del tiempo albergan pequeñas confesiones que en forma de pintada salen al encuentro de quien quiera observarlas. Los soportes soportan crueles manifestaciones cargadas de referencias y metáforas, despojándose de parte de su anterior vida para adquirir un nuevo contenido.
Se trata de una apropiación del espacio no sólo física sino también mental.
Al situar mis deseos y carencias en el territorio de lo público pretendo conseguir en la mirada del otro un apoyo o, quizás, una breve repuesta al lado de mis quejas o mis preguntas…un acercamiento mutuo hacia un mismo problema por afinidad o empatía.
A la vez este acto de “exhibición” es para mi otro tipo de intimidad compartida y necesaria que procede del miedo a padecer en solitario, el miedo de ponerle firma a las frases. Escribir en esos lugares apartados, pero en ocasiones frecuentados, me proporciona el grado justo de intimidad para esconder sin ocultar, para mostrar sin enseñar. El reclamo se deja entrever de forma casual, casi por sorpresa… Las palabras salen al encuentro del lector pudiendo haber sido escritas por cualquiera. De hecho a menudo espero ya no ser yo la que compulsivamente genera estos mensajes, la que no deja escapar tus recuerdos…
Los dibujos o collages son otro intento más de recrear esos espacios que nos “contuvieron”. Son pequeños escenarios reinventados, reconstruidos con restos de papel, fragmentos de imágenes, partes de conversaciones... Dibujos que transmiten acontecimientos dónde el antes y el después falta o se encuentra escondido.
Sombras que perforan a rúa
Dejo mi sombra,
una afilada aguja que hiere la calle.
Sebastián Salazar Bondy
Quen pode dubidar de que Platón, coa súa metáfora da caverna en sombras, non pensaba realmente nun cuarto escuro, e que os seus habitantes, que se deleitaban con borrosas imaxes, preferíndoas á dura luz diúrna da verdade, non eran senón fotógrafos?
Da caverna fluíu unha cascada de imaxes, representacións, semblanzas. É que soamente nun lugar escuro, no a la luz del sol, o misterio da luz pode ser testificado e anovado. Que sexan os outros os que interpreten esas sombras, os que distingan a realidade da "ilusión". Os moradores da caverna en sombras conténtanse con negociar tratados entre a luz e a escuridade, tratados que poden ser derrogados nun intre ou durar eternamente. Iso non é o que os preocupa. e cando alguén os desafía a amosarlles o mundo tal cal é, eles din, "vostede sabe como é o mundo. Eu podo amosarlle só como é visto o mundo".
Na caverna de Graciela a observación das sombras materialízase, eu percibo a presenza doutros trogloditas, aqueles primeiros espectadores da súa propia sorpresa, como ela mesma di. Está Nicephore Niepce, cuxa placa de prata era como a pedra de Michelangello, chea de formas e de figuras que agardan ser liberadas. Tamén Henry Fox-Talbot, quen se deleitaba nas pequenas imaxes da súa cámara "trampa de rato", unha cámara non maior do tamaño dun rato. Sería así como un rato vería o mundo, ou como o mundo se vería se fósemos ratas? Ningunha das dúas. É como o mundo se vería fotografado, se fósemos ratas. Sobre todos, está Etienne-Jules Marey, quen produciu a primeira imaxe dun paxaro a voar. Divino creador: inventara a fotografía de alta velocidade, deseñara arterias de plástico para transportar sangue, intentara construír un avión antes que os irmáns Wright A súa "cronofotografía" asasinaba o tempo para logo resucitalo, atrincheirábao en intres visuais, só para intentar un reensamblaxe. De ter éxito, tería feito a primeira película en movemento. A partir de fragmentos de tempo, el buscou producir a ilusión máis dificultosa: a de continuidade.
Aínda que ela denominou o seu método heliografía, seguindo a Niepce, é a Marey a quen Graciela Sacco se asemella. Non tanto na súa curiosidade técnica senón no sentido dos paradoxos inherentes á fotografía. Ela recupera imaxes inertes da eternidade amnésica dos xornais de onte e ponas en movemento en valixas ( O emigrante, O secreto ), o revive a súa forza localizándoas no feixe dunha lanterna ( Un lugar baixo o sol ). É unha forza que nunca posuíron na folla impresa porque a forza xorde do recoñecemento de que a luz e a imaxe emerxen xuntas, dun contorno necesariamente escuro, e con elas a visión e a conciencia. Máis recentemente, ela trouxo á vida imaxes usadas, transformándoas con plexiglás nunha complicada obra teatral de sombras, unha obra que inclúe o espectador como protagonista ( Sombras do sur e do norte ). Non é sorprendente que na exhibición actual Graciela incorpore o vídeo ao xogo de imaxes. Na súa procura das fronteiras entre a imaxe continua e discreta, entre dous estados da experiencia visual, ela produciu un híbrido. Esta pugna sobre os límites da imaxe, forzando revelacións perceptuais e conceptuais, lémbrame a Marey.
Pero Graciela é unha poetisa, non un científico, e o seu proxecto é poetizar o mundo, non é diseccionalo nin informalo. Cando ela se apropia e reposiciona as súas imaxes anónimas (ás, bocas, xente camiñando, formando fila, apuntando armas, lanzando pedras) a intervención escurécese e complica toda a realidade Isto é, toma os significados das cousas, que se aparecen tan claros que se volven invisíbeis, e tórnaos incertos, ambiguos, suxestivos, abertos. No mesmo intre vólvense visíbeis novamente e enigmáticos. É unha parede con ollos aínda unha parede? É unha porta con ás soamente unha porta? É unha protesta ou unha afirmación? É algo que miramos ao paso ou unha chamada á acción? As súas xustaposicións nunca son tan arbitrarias como para seren ignoradas, nunca tan obvias como para morreren na Iiteralidade" Ela trae a escuridade da caverna ao mundo de luz diúrna, sombras que perforan a rúa, en palabras de Bondy. Pensar no verbo asombrar: dar sombra, sorprender. Este é o seu modo de insurrección. Ela non presenta un punto de vista, desestabiliza o sentido da vista. Ela non ofrece un programa, renova as posibilidades.
Lyie Rexer Brooklyn,
New York
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